La evaluación es sin duda uno de los
aspectos más relevantes y determinantes del proceso de enseñanza-aprendizaje, la
atención que merece es vital para el desenvolvimiento y desarrollo del proceso
que todo alumno lleva a cabo en su formación.
Esto no lo pondrá en duda nadie, sin embargo y del mismo modo,
comprendemos que hay necesidades de renovación en este campo, el desafío de
posicionar la evaluación con la consideración y en los modos que debe para
convertirse en una aliado y no en un obstáculo para la enseñanza y este, creemos, es un aspecto relevante, pues la
impronta del positivismo y su particular modo de comprender la evaluación viven
anclados en ámbitos que van más allá de los mismos centros educativos, están en la familia, la comunidad y las
instituciones gubernamentales, que
no cían en la idea de calificar, medir y
comparar confiando que a partir de ello se pueden establecer mejoras
educativas, depositando su fe, en el caso de los objetivos de un gobierno, en la mejora de la calidad a partir de
parámetros comparativos. La evaluación es más que eso, comprendida en la medida
que es capaz de provocar en el alumno avances en sus aprendizajes, de acuerdo a
su condición particular, única e íntegra, desviándose de las odiosas
comparaciones, que no tienen un efecto real en el progreso del alumno,
pueden convertirse en un elemento de real apoyo, atendiendo a su vital relevancia, como
señalábamos al comienzo.
El discurso académico de hoy
se resiste a la consideración de la evaluación según las formas clásicas, sin embargo, su transmisión
a los contextos reales es una tarea ardua.
Como habíamos dicho, es ardua pues debe considerar un aspecto cultural y
otro político, respecto al segundo, en
la medida que éste alimenta las constantes mediciones en pruebas
estandarizadas que terminan en comparaciones entre centros, aplicando la lógica
de mercado a contextos educativos, trastoca aspectos que consideramos de
relevancia en el proceso de enseñanza, dejándolos en segundo plano,
condicionando de este modo la acción del establecimiento en función de los
aspectos cuantificables a través de dichos instrumentos. La acción desde las esferas políticas tiene
un nivel de influencia capital en el desenvolvimiento de los centros; lo que
sucede en ellos, los procesos de enseñanza aprendizaje, la evaluación, quedan a
merced de lo que en estas esferas se decida, no obstante aceptamos que de modo
paralelo, deban promoverse cambios en las estructuras sociales locales. No
debemos realizar un gran análisis para comprender que sucede en concreto en
evaluación, pues estas pruebas han llevado a los centros a preparar a sus alumnos
para este casi único objetivo, a partir de ello podemos configurar el siguiente
escenario: los sostenedores de los centros educativos necesitan resultado, lo
que trascenderá en la manutención económica y de prestigio de la misma
institución, transmiten esta necesidad a los directivos de establecimientos;
éstos a su vez, lideran los objetivos de los Proyectos educativos y encausan
las acciones a favor de la mejora en los resultados de las pruebas que se
aplicarán, el equipo en pleno, es promotor de esto antes los docentes y estos,
a su vez, lo transmiten a alumnos y apoderados: la comunidad toda hace eco de
estos objetivos incuestionables. Sin embargo, he de considerar, la resistencia
que subyace en un buen grupo de docentes o a veces quienes no lo son, quienes
perciben y comprenden, que algo no anda bien. Los cambios que han de generarse
para la mejora educativa, pasan por la evaluación y las medidas que nazcan a
nivel político, fijar la atención en el malestar y los cuestionamientos que
estas formas de evaluación de los aprendizajes a nivel nacional generan en
quienes viven el día a día, es un aspecto importante de considerar a la hora de
replantear nuevas propuestas.
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